Las legitimidades del tutelaje religioso

11 octubre, 2010 at 3:44 pm Deja un comentario

El reciente proceso electoral municipal en Perú ha generado cambios significativos en el mapa político mostrando la  aparición de nuevos actores y la reubicación de antiguos y emergentes movimientos sociales.  Lo más novedoso es la súbita emergencia de quien podría ser la próxima alcaldesa de Lima, Susana Villarán, una carismática lideresa de la izquierda peruana.  Villarán, del Partido Fuerza Social, disputó intensamente la campaña hacia el sillón municipal limeño con Lourdes Flores Nano, líder de la confluencia del Movimiento Unidad Nacional y el Partido Popular Cristiano. Ya es notable, para una sociedad aún afirmada sobre una histórica cultura machista, que la contienda electoral se haya disputado entre dos mujeres con reconocida trayectoria social y política.

La emergencia de Villarán –una activa luchadora social  y  militante del movimiento de los derechos humanos  –ha generado incomodidad y cierto nerviosismo en los círculos políticos influyentes, por las consecuencias que una opción contestataria puede traer en el escenario político actual y proceso electoral presidencial ad portas.

Al igual que en los procesos electorales anteriores, el factor religioso ha vuelto a constituirse en un componente no menos importante de esta contienda electoral. Aunque ahora  hay matices nuevos que me gustaría puntualizar.  Por un lado, ambas candidatas han construido su opción política alimentadas por dos de los más influyentes referentes teológicos del catolicismo. En Lourdes Flores, su preocupación por la moral pública y privada en temas como el aborto, la sexualidad y la propia economía tienen su correlato en el pensamiento ideológico del ala conservadora del catolicismo, cuyo referente principal está en el Opus Dei. Susana Villarán, en cambio, tiene una reconocida adscripción al pensamiento de la Teología de la Liberación, fundada por el reconocido padre Gustavo Gutiérrez. Precisamente, sus ideas y propuestas sobre la justicia social, la preocupación por los derechos humanos y los excluidos de la sociedad se afirman en los fundamentos de esta corriente teológica del catolicismo.

Por otro lado, desde el campo evangélico peruano, ha sido interesante observar las adhesiones desde diversos sectores eclesiásticos a las referidas candidaturas, a partir de las coincidencias con el discurso moral que ambas opciones políticas plantean. El sector evangélico que ha venido en estos años aproximando su discurso de fe y misión a temas relacionados con los derechos humanos, la laicidad del Estado, y la inclusión social, entre otros, ha encontrado en la opción de izquierda de Villarán un referente más  cercano a los principios evangélicos que ellos abrazan.

Por su parte, un sector mayoritario que antes se alineó masivamente a la candidatura presidencial del pastor Humberto Lay, inspirados en el pensamiento reconstruccionista que intenta fundar la nación sobre los cimientos de la denominada teocracia evangélica,  encontró en el discurso de Lourdes Flores una nueva posibilidad para legitimar su opción moral en el campo político. Las imágenes difundidas en plena campaña electoral en la que se observa a un grupo de pastores participando en un ritual de oración y “bendición” con la referida candidata da cuenta no sólo del modo como se legitiman ciertas “alianzas” político- religiosas en las esferas del poder, sino también de las nuevas estrategias de un sector ligado al campo religioso evangélico que anima aquellas cruzadas por la confesionalizacion del Estado y la sacralización del poder político.

Es importante subrayar que estos acercamientos político-religiosos están marcados, por  un lado, por el común interés que ambos tienen respecto a la batalla por la regulación de determinadas prácticas morales. Por otro lado, este encuentro se afirma en la lógica de una suerte de solidaridad selectiva —en ciertos temas y no en otros— a cambio de ciertos privilegios políticos, que muy bien ha sido calificado por el filósofo Guillermo Nugent como “la factura moral” (1), por el cual los defensores (y reguladores) de la moral   renuncian a la responsabilidad profética (que supone, entre otras demandas, la denuncia del pecado en todas sus formas)  en favor de la instauración de un determinado orden regulador de la moral pública.

Hay adicionalmente una coincidencia no menos importante en su particular concepción del rol de las iglesias a nivel de la estructura estatal y la construcción del orden social en la democracia. En este sentido, como lo ha señalado el historiador Juan Fonseca (2), ambos sectores coinciden en aquella visión que legitima el modelo del tutelaje religioso del Estado y la sociedad para influir en las políticas públicas o en las demandas sociales. La lógica teocrática del poder político que subyace esta práctica es aquella que asume que “los gestores de la fe tienen un imperativo moral o un mandato cultural para extender su dominio religioso sobre todas las estructuras de la sociedad” (3).

Lo que es interesante observar es que esta contemporánea cosmovisión religiosa del tutelaje cultural y político ocurre en un contexto en el que persiste aún en América Latina rezagos de aquel fundamentalismo y autoritarismo político construido históricamente  por una influyente orden castrense-clerical, mediante el cual se asume, por un lado, que los ciudadanos y ciudadanas no son capaces de hacerse cargo por sí mismos de sus intereses y por consiguiente necesitan ser tutelados. Por otro lado, esta lógica alimenta una particular forma de entender la práctica ciudadana, mediante el cual se remplaza la búsqueda del bien común por la sociedad de privilegios y el consenso ciudadano por el orden social predestinado.

De cualquier modo el proceso electoral reciente vuelve a develar, con todas sus variantes, las dos lógicas desde los cuales se pretende incidir en la esfera pública y participar en la vida política. Por un lado, aquellos que asumen lo público  como un “campo blanco” para conquistar el poder e impedir el crecimiento de aquellas fuerzas que impiden la afirmación de una determinada moral evangélica; por otro lado, aquellos que  han trascendido la reivindicación de los derechos religiosos para asumir una actitud crítica al sistema, defender los derechos de todas las minorías excluidas, y afirmar la laicidad del Estado.

Para decirlo en términos del sociólogo Martin Marty (4), el nuevo escenario visibiliza una vez más, por un lado, a aquellos que buscan (re)conquistar  el espacio público desde la lógica de “confortar al afligido sin afligir al confortable (al que tiene el poder)”; por otro lado, aquellos que han insistido en develar los “pecados estructurales” enquistados en el sistema político y económico contemporáneo.

Finalmente, este hecho vuelve a confirmar, en primer lugar, que asistimos a una cada vez más creciente desprivatización del campo religioso, lo cual supone el quiebre que los grupos o movimientos religiosos  hacen respecto al papel marginal y privatizado que les adscribían ciertas  teorías clásicas de la modernidad y de la secularización.  Y en segundo lugar, se observa que los sectores religiosos que buscan apropiarse de la esfera pública con un fuerte énfasis mesiánico  (desde una moral confesional) están cada vez más insertados con una clara “agenda reconstruccionista” en los círculos y espacios del poder político oficial. No sólo las coincidencias respecto a las opciones morales, sino la posibilidad de otorgarse  legitimidad mutua (política y religiosamente) subyacen en la gestación de estas nuevas “alianzas” católico-evangélicas, que viene de la mano con una particular manera de entender la democracia, el rol del Estado y el propio rol ético de las iglesias.

Citas:

(1)   Nugent, Guillermo (2010). El orden tutelar, Lima: FLACSO-DESCO.

(2)   Fonseca Juan. La coyuntura electoral y las posibilidades del progresismo evangélico en el Perú. Artículo publicado en ALC:

http://www.alcnoticias.net/interior.php?codigo=18051&format=columna

(3)   Pottenger, John R. (2007). Reaping the Whirlwind: Liberal Democracy and the Religious Axis, Washington: Georgetown University Press.

(4)   Marty, Martin E. (1974). Two Kinds of Two Kinds of Civil Religion, en: Richey,            Russell E. & Donald G. Jones (Eds.), American Civil Religion, New York: Harper & Row Publishers.

Este articulo fue publicado por la Agencia de noticias ALC (12-10-10)

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